TIENEN DE TODO Y SE ABURREN

Por Paloma D. Sotero

Los padres tendemos a no dar opciones a su aburrimiento. Sea porque llenamos su tiempo, sea porque presentamos rauda alternativa en cuanto presentan síntomas de aburrirse.

Un atasco: los cuatro metidos en el coche… Una sala de espera del pediatra: cinco por delante de nosotros y el cansancio acumulado de las cinco de la tarde… Es tan natural exclamar un “puf, qué aburrimiento”, o un “esto es insoportable”… Por no hablar de nuestro gesto de disgusto, agobio, angustia…
Así es cómo nuestros hijos aprenden que no saber qué hacer es algo negativo, indeseable y frustrante.

“Los niños aprenden qué es aburrirse porque nosotros se lo decimos”, afirma Consuelo Coloma, psicóloga educativa coordinadora de la Universidad de Padres, de José Antonio Marina. “Asocian una palabra a un estado de ánimo”. Por eso, ante todo, debemos ser conscientes de que el hecho de que les resulte frustrante “no encontrar nada alrededor a lo que prestar atención” –que es lo que vendría a reconocerse como aburrimiento– “depende de la Educación y del aprendizaje”. Así que he aquí el primer consejo: “Desdramatizar el aburrimiento y convertirlo en una situación enriquecedora”.

Por otro lado, no olvidemos ni desaprovechemos que el “deseo” natural con el que nacen los niños juega en nuestro favor y en el suyo. Catherine L ’Ecuyer, la conocida autora del best-seller Educar en el Asombro, expone que ese “deseo de conocer” que “viene de serie” en el niño y “no hace falta motivar” puede mantenerse vivo con el paso de los años.
“No es normal que los niños pequeños se aburran, porque su creatividad es infinita y, en principio, todavía está poco contaminada; buscan naturalmente retos, sus juegos, ajustados sus capacidades”, señala la investigadora y divulgadora. Además, subraya: “El aburrimiento es un motor; puede ser el preámbulo del juego y la creatividad”. Y recuerda: “Tolstoi decía que aburrirse es ‘desear desear’”.

Así que si nuestros hijos ya han descubierto el aburrimiento y de vez en cuando pronuncian el “me aburro”, no hay que preocuparse demasiado. La británica Teresa Belton, investigadora del comportamiento infantil, en especial del aburrimiento y la imaginación, decía en un reciente artículo (mumsnet.com): “Si tu hijo se aburre, alégrate; no te sientas culpable”.
Coloma observa que “el aburrimiento bien gestionado es un buen comienzo, porque obliga al sujeto pasivo a volverse activo, a hacer lo que no hacía, a pensar lo que no pensaba, a imaginar lo que no imaginaba”. Eso sí, advierte: “Un niño enrabietado porque se aburre no va a hacer nada y hay que esperar a que se le pase; tal vez, necesite atención o compañía, tal vez estar solo…”.

L’Ecuyer sugiere realizar a nuestros hijos “la prueba del aburrimiento”: “Dejémoslos jugar libremente unas dos horas con sus hermanos, sin juguetes, sin colchonetas, sin cromos, sin pantallas, sin bicicleta, en espacios abiertos en la naturaleza, y observemos cómo se desenvuelven. ¿Se entretienen solos, tranquilamente, imaginándose juegos, o bien se aburren y experimentan ansiedad y hiperactividad? Si vemos que nuestros hijos se aburren, entonces hemos de preguntarnos, ¿por qué ocurre?“

Una pregunta frecuente entre los padres es ¿por qué los niños no encuentran nada que hacer, estando, como están, rodeados de estímulos, de juguetes, de actividades?
La psicóloga de la Universidad de Padres ratifica que “cuantas más cosas, más aburrimiento” porque “es más difícil percibir algunas de ellas”. “De hecho, cuando ponemos a los bebés en las alfombritas con juguetes, se recomienda no ponérselos todos a la vez, sino un día uno, otro día otro, para que puedan prestarles atención”.